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Leon Tolstoi

Yemen sediento de agua y de justicia
Carmen Ruiz Bravo-V - Revista Pueblos

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Yemen sediento de agua y de justicia

Para el intelectual yemení Abdelaziz al-Maqalih la causa principal de los problemas de la región (y del mundo entero) sigue siendo la existencia de grandes diferencias económicas entre unas clases y otras. Entiende por ello que están vigentes los principios de la revolución yemení del 26 de septiembre de 1962: "No habrá otro medio para librar al hombre de la tiranía y la pobreza que aplicar uno de los principios de la revolución, el de acabar con las (grandes) diferencias sociales y económicas, poniendo un techo límite a los ricos".

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Carmen Ruiz Bravo-V

Martes 17 de mayo de 2011, por Revista Pueblos

La nueva actualidad del Yemen, en la que cuenta decisivamente su situación geográfica y las nuevas posibilidades que esta ofrece para el establecimiento de “cabezas de puente” comerciales y bélicas, no es hija del momento, sino que venía asentándose desde hace décadas [1], inserta en el cambio regional próximo-oriental y la penetración estadounidense en la zona (cuestiones de las que se han venido haciendo eco algunos analistas en medios de nuestro país). [2]

Hay que añadir a esto la complicada trayectoria de unificación de Yemen del Norte y Yemen del Sur y de las distintas fuerzas socio-políticas del país, sobre lo que advertía Pedro Martínez Montávez [3], quien se preguntaba ya a mediados de los noventa “cómo podrá restañarse tanta herida reabierta y superarse el dramático dilema nacional yemení”, una herida que parece haberse hecho más profunda en los momentos presentes.

Para el intelectual yemení Abdelaziz al-Maqalih la causa principal de los problemas de la región (y del mundo entero) sigue siendo la existencia de grandes diferencias económicas entre unas clases y otras. Entiende por ello que están vigentes los principios de la revolución yemení del 26 de septiembre de 1962: “No habrá otro medio para librar al hombre de la tiranía y la pobreza que aplicar uno de los principios de la revolución, el de acabar con las (grandes) diferencias sociales y económicas, poniendo un techo límite a los ricos”. [4]

La intensa y dinámica concentración de actividad y tensión política, económica y militar en el llamado Cuerno de África confiere especial importancia a la situación geográfica-estratégica del vecino país árabe del Yemen, cuyas costas en tierra firme se acercan en algún punto a tan sólo una treintena de kilómetros del continente africano. Además, el proyecto de construcción de un puente que uniera ambos continentes va concretándose: no sería técnicamente imposible, toda vez que ya se ha visto la factibilidad de un vínculo similar como enlace fijo entre el norte de África y el continente europeo. Por otro lado, junto al Estrecho de Bab el-Mandeb, el puerto yemení de Adén (en la entrada sur al Mar Rojo) es la principal escala meridional para cualquier navío comercial o militar que quiera navegar entre el Índico y el Mediterráneo.

Tanta o más importancia tiene Socotra, la principal de las islas yemeníes, abierta ya al Índico, a tan sólo 350 kilómentros al Sur de las costas peninsulares arábigas, y aún a menor distancia de las costas africanas de Somalia, hacia el Oeste. En esta isla se viene construyendo una base militar estadounidense [5], aérea y naval, de cada vez más amplias proporciones. La construcción de esta base indica más claramente que ningún otro hecho la evolución o involución que se ha dado en la orientación del Yemen, país que en 1990 declaraba mantener una posición equilibrada y no beligerante en la zona, y que recientemente estaba en negociaciones con Rusia para construir una base en aquella misma isla.

Norte, sur y reunificación

La trayectoria del Yemen desde 1990 muestra el progreso de una política de alianzas con Arabia Saudí y Estados Unidos contrapuesta a la posición de 1990, que fue de no intervención activa en la coalición contra Irak, desmarcándose en este caso de los demás países de la Península Arábiga. En aquel entonces Yemen se encontraba centrado en su propio proceso de unión o reunificación (en 22 mayo 1990 se une como República del Yemen). Era una complicada tarea, porque sus dos partes habían vivido las recientes décadas de independencia como dos países diferenciados, bajo alianzas y regímenes políticos bastante distintos.

Mientras Yemen del Norte había procurado un sistema tradicional, un punto “liberal”, e inmerso en una línea reformista, Yemen del Sur había buscado una peculiar fórmula “marxista”, democratizante y abierta al Islam. Ambos países habían ido acercando sus enfoques en un sólo estado, buscando una fórmula abierta a la participación democrática. No llegaron, sin embargo, a constituirse como federación. Desde el momento de la unión, la capital del Norte, Saná, se convertía en capital del país entero, mientras el puerto de Adén era el eje de la reivindicación del papel sureño en varios aspectos.

La inclinación progresiva del Yemen hacia posiciones de compromiso (y ya de dependencia) creciente respecto a Kuwait, Arabia Saudí y Estados Unidos, se suele interpretar dentro de la sociedad yemení como una imposición por parte del sector hegemónico dentro del gobierno, que no tendría en cuenta las posiciones de desacuerdo existentes. Esta interpretación se basa en una realidad: no parece que haya habido suficiente evolución democrática en el Yemen, ni un auténtico diálogo nacional abierto. Después de veinte años, y como ha sucedido en numerosos países árabes, lo que fue un frente nacional durante la independencia y la unificación se ha fosilizado en una forma de partido único y en la perpetuación y concentración de decisiones en el lado del mismo gobernante, el presidente Sáleh.

Unas revueltas prolongadas en el tiempo

La revuelta por parte de varios sectores de la población contra dicha forma autoritaria de Estado ha llegado en los últimos años a enfrentamientos armados que han sido sofocados severamente. Por lo tanto, no se puede afirmar que las actuales movilizaciones pacíficas sean los primeros indicios de un profundo descontento político. Además de lo dicho, para entender mejor las dificultades que atraviesa la población del Yemen y los enfrentamientos y movilizaciones internas existentes, hay que tener muy en cuenta los procesos de dislocación socio-económica que empezaron a producirse en el país desde el verano de 1990 y que arrancan de la repatriación forzosa de los emigrantes.

A raíz de la mencionada crisis Kuwait-Irak y la posición adoptada por Yemen, cerca de 2 000 000 yemeníes que trabajaban en Arabia Saudí fueron expulsados sumariamente de este último país, lo que causó a la economía y al tejido social yemeníes un daño grande, todavía difícil de calcular, pues en el trabajo de estos emigrantes se sustentaba la vida de una cuarta parte de la población. Esta pasó a tener, en los cómputos oficiales, de los diez millones en 1990 a algo más de 12 millones en 1992. La delimitación definitiva de fronteras entre Arabia Saudí y el Yemen, que se produjo después, no ha conseguido frenar los continuos intentos de atravesar la frontera hacia el país vecino por parte de miles de personas, en general las más pobres, que se arriesgan una y otra vez a atravesar el desierto aun sabiendo que no van a ser admitidos en ningún trabajo.

La delimitación de fronteras se interpretó desde otro punto de vista como un logro estatal yemení, ya que en las zonas fronterizas se han ido encontrando nuevos yacimientos de petróleo (especialmente en el sur). Sin embargo, el hallazgo y aprovechamiento de nuevos recursos en hidrocarburos apenas ha mejorado la situación económica del grueso de la población yemení, la de ingresos medios más bajos de todo el conjunto árabe, y para nada ha atendido a la población de las zonas de frontera. Todo ello no sólo induce a pensar en una mala gestión económica sino en, desde luego, una injusta distribución de la renta y de las oportunidades económicas y de desarrollo, concentradas en las principales ciudades y sus aledaños.

Dos últimos factores actúan: por un lado, la anunciada penetración o desarrollo de elementos ultra-islamistas en territorio yemení, lo que ha dado pie a la llamada colaboración antiterrorista internacional y a su presión sobre el país; y, por otra, la revuelta de sectores chiíes, de raigambre social y política en el Yemen del norte. Entre 2008 y 2010 la represión de estos últimos, los huth, por parte del gobierno del Yemen ha sido muy severa, sin apenas recurso a la diplomacia ni a los pactos.

Ya recientemente, los ataques de Arabia Saudí contra las personas huidas en la zona de frontera han supuesto una lucha desigual por tierra de un ejército contra guerrilleros, y la utilización de aviones de combate, con la colaboración, pasividad y omisión de ayuda por parte de las autoridades yemeníes. Quizá este trato cruel y humillante ha debido ser la gota que ha colmado el vaso. Estos son algunos de los elementos que han conmovido y movilizado a la gente del Yemen, acostumbrada a tratar con pueblos de diversos orígenes e intereses, pero no a ser tratada como un pueblo servil.

En cualquier caso, el 26 de agosto de 2010, el gobierno de Yemen y el grupo chií firmaron un acuerdo en Doha. El acuerdo ha durado poco tiempo, pues, ante la represión de las manifestaciones populares, Abdel-Malek al-Huthi, líder de los huth y, en general, candidato opositor del norte, ha emitido varios escritos de rechazo y protesta.

¿Igualdad o fraude a las tribus?

Empecemos por enfocar la cuestión tal y como la propia población yemení se la ha planteado a su Gobierno, en la calle, en este año 2011: se pide al régimen igualdad y redistribución dentro del propio país, y se reivindica un ejercicio de la justicia y una aplicación de la ley que trate por igual a todos los ciudadanos. Y aunque esto significa prácticamente lo mismo en todos los lugares de la Tierra, adquiere un significado reivindicativo más profundo en países de organización ampliamente politribal, en donde se ha exhortado, convencido y “obligado” a las gentes a “soltarse” cada vez más de los vínculos de las tribus y, en especial, de la justicia interna de las mismas, en aras de un ideal de igualdad ciudadana y nacional moderna.

Por tribus hay que entender un conjunto poblacional habitualmente asociado a un territorio donde ejerce su actividad, mora, y donde, hasta épocas recientes, alcanzan y rigen pactos y leyes propias comúnmente aceptados. En los Estados árabes que tienen una sociedad politribal activa, el sistema lleva siglos asentado en un sistema de labil equilibrio, pero equilibrio a fin de cuentas, gracias al funcionamiento de una red de ciudades muy vinculadas a su respectivo entorno rural o desértico, y viceversa, por medio del comercio y la mutua ayuda.

En el Estado moderno el equilibrio es muy precario, pues las ciudades (centros de interrelación humana e intertribal) se convierten en polos de desarrollo mucho más rápido que los ámbitos rurales. Desiertos y campos, por otra parte, son tratados por los Estados modernos demasiado frecuentemente como “tierras de nadie” donde se instalan campos de petróleo, carreteras, vallados y divisiones. Las tribus arraigadas en estas tierras perciben entonces que el antiguo sistema ha decaído sin que lo sustituya una adecuada reconversión del conjunto en una nación (umma) civil tan igualitaria como se pretendía con la proclamación de independencia.

Una de las formas de mantener el poder en el sistema tribal, desde el Magreb hasta el Yemen, es intentar conservar una legislación y un código ético paralelo al del Estado, que unas veces se añaden en la práctica sin generar conflicto, y otras entran en contradicción con el sistema legislativo nacional. [6] El llamado “código de honor” o la “venganza”, retoma sus perfiles legislativos “pre-nacionales”. Esta tendencia (que a veces se extrapola al conjunto de países árabes e impide no sólo los progresos nacionales sino también los inter-árabes) fue duramente criticada por sociólogos como el iraquí Ali al-Wardi o el yemení Al-Maqalih, por ejemplo. Sin embargo, estos mismos pensadores comprendían que para que fuera entendida la crítica a los excesos de los sistemas “parciales” o “tribales”, la población tendría que ver con sus propios ojos que el sistema judicial del país quedaba libre de corrupción y favoritismos y, sobre todo, del escondido deseo de venganza. Es más, de no ser así, como está sucediendo, sería predecible más de una revuelta, y puede que una involución.

Si esto lo referimos al sistema de justicia de la comunidad o sociedad internacional, cabrá afirmar lo mismo: en cuanto que una población o un país árabe (o de otra zona del mundo) perciba que la comunidad internacional y los organismos internacionales aplican diferentes raseros y criterios a unos pueblos y a otros, a unos y otros dirigentes y, sobre todo, que la vieja ley de la venganza grupal subyace a comportamientos jurídicos aparentemente modernos, habrá una desconfianza profunda respecto al porvenir positivo de las relaciones diplomáticas y jurídicas internacionales.

Y el agua…

Desde la justicia internacional a la regulación de los aspectos más cotidianos de la existencia en este país, como los derechos de paso, los aranceles, las tasas de los puertos y mercancías, todo influye. Y así también, lo que sucede con el agua.

Se ha venido anunciando, desde hace tiempo, que el acceso al agua y la necesidad de repartirla equitativamente constituyen la principal de las reivindicaciones económicas en el presente y para el futuro en el mundo entero. Para quienes conocen la geografía y la historia del Yemen, resulta un hecho evidente que el país, y el Estado, se organizaron desde antiguo precisamente sobre la actuación en torno al agua: conservar y retener la lluvia que cae estacionalmente en las altas montañas y procurar su embalse y canalización. Las grandes cisternas de la antigüedad en Adén, o los restos del inmenso dique de Maarib, indican al viajero cómo estuvo siempre centrada la articulación del país en torno a este elemento, con un derecho de aguas tradicional que ha regulado al detalle su reparto.

En la actualidad, sin embargo, se considera que el Yemen es uno de los países con menos disponibilidad de agua potable del mundo, y los sistemas de alarma ya han sonado, alertando de una posible penuria. La media de agua potable con la que cuenta actualmente cada ciudadano del Yemen es de 125 metros cúbicos al año y el nivel de los acuíferos desciende de manera muy rápida. Pero no se trata sólo de una cuestión de cantidad, sino de que el acceso al agua es muy difícil, pues en numerosos puntos se encuentra a gran distancia de las poblaciones y no es raro que en gran parte de las regiones más pobres los caminos de acceso estén en pésimo estado.

Estos son factores que dañan la vida cotidiana y generan una gran desconfianza respecto a la eficacia moderna y a las promesas de igualdad. Se emprenden costosos proyectos, a costa de lo que sea, sin tener en cuenta la resolución de necesidades básicas de la población. ¿Cómo no recordar a este respecto la excentricidad de los personajes de la novela La pesca del salmón en el Yemen, de Paul Torday (2007), que se va a llevar pronto a la pantalla?

El hermosísimo Yemen rural y ciudadano que constituía el fondo de la exotizante película (1974) de Passolini Las mil y una noches subsiste en cierta medida en sus paisajes, el trato y comportamiento dignos y respetuosos de sus gentes, pero también en sus dramas, y se ha visto sacudido por una evolución desordenada, caprichosa, o premeditadamente explotadora, como en el conjunto de la Península arábiga, donde todos los experimentos son posibles. Por eso, el Yemen clama abiertamente. Por eso muestra su realidad.


Carmen Ruiz Bravo-V es arabista y editora. Ex Catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).

Este artículo ha sido publicado en el nº 46 de la Revista Pueblos, segundo trimestre de 2011.

Notas

[1] Véase el extenso trabajo de conjunto sobre el Yemen de Pedro Martínez Montávez: “Raíces y nueva actualidad del conflicto del Yemen” (1994), reeditado e incluido oportunamente en su obra Mundo árabe y cambio de siglo, Universidad de Granada, 2004, pp. 23-50. Sobre la interrelación entre unas y otras zonas árabes y occidente, remito a su libro Pretensiones occidentales, carencias árabes, Madrid, CantArabia - Visión Libros, 2008.

[2] Véase, por ejemplo, el artículo de Ernesto Gómez de la Hera “La singularidad de Yemen: Una incierta ubicación regional”, en Nación Árabe, nº 47 (2002).

[3] Pedro Martínez Montávez: “Raíces…”, p.49.

[4] Abdelaziz al-Maqalih: “Al-Azamat al-iqtisadiyya wa-tahawwulatu-ha ila azamat ichtimaiyya wa-siyasiyya” (“Las crisis económicas, y su transformación en crisis sociales y políticas”). Ver: http://arabrenewal, 5 de marzo de 2011.

[5] Michel Chossudovsky: “Yemen and The Militarization of Strategic Waterways Securing US Control over Socotra Island and the Gulf of Aden” (4/01/2010). Existe una versión al castellano (Sinfo Fernández), en www.rebelion.org.

[6] Véanse, por ejemplo, los artículos de Layla Hamad Zahonero: “La identidad zaydí hoy, ¿superación del antiguo régimen?”, en Hesperia-Culturas del Mediterráneo, nº 12, 2009; “Sobre la relación entre la ley islámica y el derecho consuetudinario en el Yemen tribal”, Awraq, vol. XXIV (2007) pp. 215-240; y “La estructura social en el Yemen tribal. El derecho consuetudinario y los roles sociales”, en Hesperia-Culturas del Mediterráneo, nº 7, 2005.

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