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Derechos de las primeras naciones
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Derechos de las primeras naciones

Mientras las economías capitalistas en el mundo se aprestan a enfrentar el cuarto año de crisis económica y financiera, los pueblos indígenas y los miembros de las primeras naciones fortalecen su voluntad de seguir su propio camino de desarrollo. Se consolidan nuevas alianzas y se robustecen vínculos comunitarios que permitirán afianzar el rechazo al consumerismo sin sentido de las economías capitalistas. Estos pueblos y sus comunidades pueden encerrar lecciones importantes para el desarrollo de relaciones armónicas de largo plazo entre los seres humanos y el medio ambiente.

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Alejandro Nadal 23/01/11

Mientras las economías capitalistas en el mundo se aprestan a enfrentar el cuarto año de crisis económica y financiera, los pueblos indígenas y los miembros de las primeras naciones fortalecen su voluntad de seguir su propio camino de desarrollo. Se consolidan nuevas alianzas y se robustecen vínculos comunitarios que permitirán afianzar el rechazo al consumerismo sin sentido de las economías capitalistas. Estos pueblos y sus comunidades pueden encerrar lecciones importantes para el desarrollo de relaciones armónicas de largo plazo entre los seres humanos y el medio ambiente.

Pero la supervivencia de los pueblos indígenas y las primeras naciones no ha sido un proceso fácil. La violencia y el genocidio han sido el principal instrumento del poder colonial y de la aventura capitalista para destruirles. Hoy todavía la violencia se desencadena cada vez que gobiernos y corporaciones necesitan hacer a un lado a comunidades y pueblos asentados en territorios con valiosos recursos naturales. Eso sucede en miles de casos, desde los yanomane en Amazonia, hasta los adivasi en la India, pasando por las coaliciones de primeros pueblos de Canadá que luchan contra la industria que pretende explotar los gigantescos yacimientos de arenas bituminosas. En México, la larga lista de injusticias en contra de las comunidades y pueblos indígenas es uno de los hilos conductores de la historia del país, algo que era clave en el mensaje del levantamiento zapatista de 1994.

En septiembre de 2007 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre derechos de los pueblos indígenas, documento importante resultado de 20 años de negociaciones. Este instrumento reconoce los derechos de 400 millones de habitantes de nuestro planeta y fue aprobado por 143 países. Inicialmente tuvo el voto en contra de Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos, países con una fuerte presencia de primeras naciones y pueblos indígenas. Los cuatro han terminado por aprobar la declaración (en diciembre de 2010 Estados Unidos fue el último en cambiar su posición).

La declaración no tiene poder vinculante, pero sienta un precedente importante al reconocer derechos colectivos de los pueblos indígenas, reafirma su capacidad para mantener su cultura, lenguaje, empleo, salud, educación y otros aspectos de su integridad como naciones. También define sus atribuciones para mantener y fortalecer sus instituciones, cultura y tradiciones, así como para determinar en total libertad el tipo de desarrollo al que aspiran.

Este instrumento establece un escudo protector contra la discriminación de los pueblos indígenas y protege su derecho a mantener su identidad y sus propios proyectos de desarrollo social y económico. También incluye aspectos importantes sobre propiedad de la tierra y acceso a los recursos naturales de los territorios donde se asientan.

La importancia de este documento no puede soslayarse. No se trata simplemente de reconocer derechos humanos y sociales fundamentales sino de salvaguardar formas de organización social y económica, de manejo de recursos naturales y de convivencia a largo plazo con la naturaleza, algo que las economías capitalistas no pueden mantener. Pero una cosa es afianzar este reconocimiento y otra es asegurar que las fuerzas económicas que desencadena cualquier economía capitalista puedan respetar los vínculos tradicionales de las primeras naciones.

Quizás la amenaza más importante proviene de las relaciones económicas que gradual y silenciosamente destruyen el delicado tejido social que integra a las comunidades y sus pueblos. Precios, migración y remesas son las armas mortíferas que acaban por corromper las relaciones comunitarias, debilitando los vínculos tradicionales e introduciendo el lenguaje de una circulación monetaria contraria a las relaciones de solidaridad, respaldo y ayuda mutua. Otro desafío mayúsculo es el de los indicadores sobre crecimiento económico, en especial el PIB que sólo reconoce transacciones monetarias e ignora las relaciones comunitarias. Bueno, ojala sólo las ignorara, porque la realidad es que el indicador del PIB acaba por determinar lo que realmente cuenta en el plano económico y marca lo que debe desaparecer.

El PIB como indicador clave y la uniformidad de la contabilidad nacional fueron impuestos en todo el mundo subdesarrollado a partir de la década del desarrollo. En realidad, fue un golpe a las economías tradicionales porque esta forma de conceptualizar la economía implica desvalorizar las economías no basadas en la racionalidad de los intercambios y la circulación monetaria capitalista.

Las comunidades indígenas y las primeras naciones han podido convivir con la naturaleza durante miles de años. Es probable que sus formas de vida y organización, fuera de los circuitos de trabajo asalariado y del individualismo egoísta, contengan mensajes importantes para eso que se ha dado en llamar el desarrollo sustentable. Pero el tiempo se agota y la embestida en contra de estos pueblos puede cerrar para siempre esta puerta.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

 

La Jornada, 19 de enero de 2011

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