El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta.

Georges Bernanos

Sobre la entrevista a Felipe González en El País
Miguel Romero

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Sobre la entrevista a Felipe González en El País

La entrevista ha provocado una tormenta político-mediática, que dura aún unos días después. No vale la pena dedicar atención a los comentarios de políticos y periodistas de la derecha, disfrazados para la ocasión de escandalizados defensores del Estado de Derecho frente a González; no cabe duda que cualquiera de ellos: Fraga, Aznar, Rajoy, Mayor Oreja, Trillo,…, habrían hecho, han hecho o harán, si pueden, operativos tipo GAL como los que, obviamente, organizó González.


En un artículo escrito hace algunos años en homenaje a Ernest Mandel, el historiador y politólogo Robin Blackburn –miembro del Comité Editorial de la New Left Review, de la que fue editor en la década de los 90- recordaba un debate sobre el futuro del socialismo en Madrid, a finales de 1991, entre Mandel y Felipe González. Blackburn concluía su comentario diciendo: “Sin duda hubo muy poca gente en la sala, o entre los que siguieron los debates por la televisión, que no reconocieran en ese frágil septuagenario que era Ernest Mandel a un hombre de principios y un vigoroso defensor del socialismo, mientras que González aparecía como un hombre de componendas y un miserable prisionero del poder”. La larguísima entrevista con González que ha publicado El País el pasado domingo día 7 -dedicada “a su mayor gloria”, con la colaboración del entrevistador, Juan José Millás- confirma veinte años después el juicio de Blackburn.

La entrevista ha provocado una tormenta político-mediática, que dura aún unos días después. No vale la pena dedicar atención a los comentarios de políticos y periodistas de la derecha, disfrazados para la ocasión de escandalizados defensores del Estado de Derecho frente a González; no cabe duda que cualquiera de ellos: Fraga, Aznar, Rajoy, Mayor Oreja, Trillo,…, habrían hecho, han hecho o harán, si pueden, operativos tipo GAL como los que, obviamente, organizó González.

En realidad, el contenido concreto de la entrevista no tiene mayor interés. Sobre la situación internacional, tema en el que González pasa por ser un “sabio”, sus opiniones son una colección de tópicos del discurso social-liberal al uso (“De la libertad económica surge el mercado. Si cercenas la libertad de iniciativa económica, estás cercenando una de las libertades –no sé cuán importante es- del ser humano”, o “Estamos ante una crisis sistémica y global. No hay alternativa al sistema, afortunadamente, porque las utopías regresivas son peores”, o “Creo que la corrupción es inherente al funcionamiento del sistema, como lo es a la condición humana”…). En lo que se refiere a su experiencia como presidente del Gobierno, el entrevistador le ahorra a González temas espinosos (la entrada en la OTAN y la consiguiente represión del movimiento pacifista y antimilitarista; la brutalidad de la “modernización” económica española, acorde con la ortodoxia de lo que se llamaría después neoliberalismo; la “cultura del pelotazo” enaltecida por su ministro de Economía Carlos Solchaga con su inolvidable “España es el país del mundo en el que es posible enriquecerse más rápidamente”, etc.). Por cierto: González nombra una sola vez a la palabra “socialismo” y es para alejarse de ella (“Mi posición no era ideológica repito, era antidictaduras. Por exclusión llegué a la opción socialista”).

El tema estrella de la entrevista es la política “antiterrorista”. Aquí González sigue defendiendo sin dejar ni un resquicio los episodios más tenebrosos de su gestión – bajo el lema: “hay que defender al Estado hasta en las alcantarillas”- incluyendo despropósitos tan cínicos como continuar exculpando a Galindo de los asesinatos de Lasa y Zabala. Para compensar el esfuerzo editorial de diez páginas en la edición dominical, González ha regalado a El País un titular de impacto seguro: “Tuve que decidir si se volaba a la cúpula de ETA. Dije no. Y no sé si hice lo correcto”. Para que nadie se llame a engaño, González rechaza que estas supuestas dudas sobre si encargar o no a los GAL un atentado más de gama alta, tuvieran para él el carácter de un dilema moral; se trataría de un cálculo pragmático sobre los “asesinatos de personas inocentes” que se podrían haber ahorrado. Parece que Bush acaba de hacer una argumentación parecida, en este caso para defender la barbarie de Guantánamo, Abu Graib, etc. González dijo no; Bush dijo sí. Pero la concepción de la política es idéntica.

Y así llegamos al único aspecto interesante de la entrevista. González lleva años construyéndose una imagen de político de grandeza shakesperiana. No puede faltar en esa imagen la exhibición del poder sobre vidas y haciendas, el sacrificio de la vida familiar (otro titular elaborado a conciencia, sobre el que sería interesante conocer la opinión de un psicoanalista: “ser hijo mío debe ser una putada sangrienta”), el desprecio por los “bajos” intereses materiales (“Sé cuáles son todos los mecanismos para obtener dinero, pero jamás se me ha ocurrido”), el conocimiento de los arcanos del poder que ignoran el común de los mortales (“En las luchas de poder las relaciones son subterráneas: la cuatro quintas partes, como en el iceberg, no se ven”), etc. En realidad, González es un personaje sin ninguna grandeza. Su mayor servicio a la causa es haber dado una contribución decisiva a la destrucción de la fuerza moral de la izquierda que creyó en su propuesta de “cambio”. El único papel que se le ajusta en la obra de Shakespeare sería el de una de las brujas de Macbeth empujando con sus “profecías” al pusilánime “Macbeth-Zapatero” para que utilice todos los medios necesarios para conseguir sus fines.

Realmente, González es un personaje de thriller: un jefe de “familia” ambicioso, astuto y sin escrúpulos, un tipo de personaje que en nuestra época es intercambiable entre el mundo de la mafia y el mundo de la política. Pero desgraciadamente no tenemos aquí a un David Simon capaz de desvelar las tramas en que se entrecruzan los poderes visibles y ocultos, económicos y políticos, que oprimen nuestras vidas.

González es finalmente un paradigma de “hombre de Estado”. Una calificación que en el lenguaje político establecido se considera un elogio, especialmente cuando se le adjudica a personas de la izquierda que se sometieron a los intereses de la burguesía y el capitalismo; recordemos que en los momentos en que se fraguaba la Transición a golpes de renuncias del movimiento obrero, Santiago Carrillo era ensalzado por sus camaradas precisamente como un “hombre de Estado”.

Y nada hay más incompatible con la condición de militante de la izquierda que ser “hombre (o mujer) de Estado”. De cualquier Estado. Siempre terminan siendo “miserables prisioneros del poder”. En este punto, la experiencia histórica ha dado totalmente la razón al pensamiento libertario.

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR


Viento Sur, 9 de noviembre de 2010

Visto en SinPermiso

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