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¿Por qué sigue ganando el PP?
Daniel Ripa - Periódico Diagonal

OCT
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¿Por qué sigue ganando el PP?

El autor dice que tras el 21O hay que preguntarse qué (no) hacen los partidos de izquierda para recoger el descontento


Daniel Ripa - 22/10/12

La noche del 21O, tras las contundentes victorias del PP y PNV, a mucha gente le habrá costado conciliar el sueño: “No lo entiendo”, “¿Por qué siguen ganando?”, “¿Para qué sirve la movilización social?”. Las elecciones andaluzas y asturianas del pasado mes de Marzo generaron en muchos un espejismo: El PP caería por su propio peso y el PSOE recuperaría la presidencia por desgaste. Craso error. Pero demos la vuelta a esa imagen invertida: No debemos preguntarnos por qué el PP no sufre el castigo por su gestión (que lo hace, 135.000 votos menos en Galiza y 17.000 menos en Euskadi) sino qué (no) hace la izquierda (o una parte de la izquierda) para no recoger ese descontento. Y es que las elecciones gallegas y vascas dejan un panorama a la griega: La derecha mantiene su fortaleza, mientras el batacazo del PSOE –gran perdedor- deja a la izquierda transformadora (AGE-BNG y EH Bildu) como principales fuerzas (en votos) de la oposición. El PSOE ve como su izquierda le da el sorpasso, apoyada precisamente en la estela de movimientos sociales y de la creciente hegemonía de un discurso crítico con el bipartidismo. De esta forma, estas elecciones han reforzado tanto el voto del ‘miedo’ (la seguridad que buscamos en la autoridad y en los partidos ‘conservadores’ del PNV y del PP) como el de la ‘rabia’ (las ‘Syrizas’ gallegas y vascas, el cambio radical frente a un régimen en crisis). Lo explica Isaac Rosa: “En momentos de grave crisis sólo caben votos duros, de los que se traen ya de casa apretados en el puño”. Añade que “los votantes de derecha eligen partidos de derecha-derecha; los de izquierda exigen partidos de izquierda-izquierda; los nacionalistas vascos o gallegos, escogen el discurso soberanista; los nacionalistas españoles, optan por la bandera española”. En este contexto, no hay que olvidar el papel de la abstención (36,2% en Galiza, 34,17% en Euskadi; casi tanto como los dos principales partidos juntos), la opción de la desesperanza, la que cree que no se puede cambiar nada. Ésta llega incluso a Gipuzkoa, donde gobierna EH Bildu, que pierde 10.000 votos en el último año. También se abre paso el ‘que se vayan todos’, como en Galiza donde la suma de votos en blanco, votos nulos y Escaños en Blanco (segunda fuerza extraparlamentaria) asciende al 6,43%.

Bofetada a Rubalcaba

La convocatoria electoral en Galiza pilló a contrapié al PSOE, en lucha intestina por el poder entre Pachi Vázquez y el exministro Pepe Blanco. Con el partido dividido, huyeron hacia adelante y suspendieron sus primarias. El BNG también frunciría el ceño, recién salido de dos escisiones y sin tiempo para ‘vender’ a su nuevo líder, el excongresista Francisco Jorquera. Pero la ‘bomba electoral’ la trajo el caso Pokemon, un entramado de corrupción que se cebó con el PSOE –entre ellos el alcalde de Ourense- y el BNG, aunque también salpicó levemente al PP. Por si fuera poco, el sustituto del encausado alcalde ourensano daba una nueva alegría a su partido a apenas 4 días de las elecciones: Su primera medida era renovar el contrato a su hija. El hundimiento de PSOE (de 25 a 18 diputados) y BNG (de 12 a 6 escaños) estaba servido. En Euskadi, las cosas tampoco han ido mejor a los socialistas. Desgastado por el pacto contra natura con el PP, Patxi López ha perdido un tercio de sus votos y cogerá los billetes a Madrid. No se sorprendan: En su partido los ‘fracasos’ anticipan ascensos sonados. Si esperan una reacción en el PSOE, no será así. Su jefe, Rubalcaba, esperará a que su principal amenaza, los socialistas catalanes de Carme Chacón, sufran otro batacazo el próximo 25 de Noviembre. Estén seguros: El ‘tortazo’ del PSC no va a desmerecer en absoluto al de sus compañeros gallegos y vascos.

Prórroga de Rajoy

El PP, por su parte, revalida en Galiza su mayoría absoluta, y el habilidoso Nuñez Feijóo se sitúa en primera línea de la sucesión del PP. Pero los resultados hay que leerlos en clave estatal: Es Rajoy quien sigue in extremis obteniendo prórrogas, como anuncia la prensa conservadora, que confunde la victoria de Feijóo con un aval a los recortes sociales. Se equivocan. ‘Galiza is different’. El PP, apoyado en una red rural clientelar y una alta emigración juvenil, ha gobernado allí todas las legislaturas desde 1981, excepto en dos leves parones: Entre 1987 y 1989 (moción de censura mediante) y entre 2005 y 2009. En esta última ocasión, acosado por las críticas a la guerra de Iraq y la catástrofe del Prestige (con el movimiento Nunca Mais en pleno apogeo), sólo un puñado de votos hacía perder al octogenario Manuel Fraga su mayoría absoluta. Las elecciones tienen una segunda lectura positiva para Rajoy: La amplia mayoría del PNV y de EH Bildu (unida a las previsibles de CiU y Esquerra en Catalunya) le permitirá entrar en un ‘juego de espejos’ con nacionalistas periféricos, donde unificará a la derecha bajo el discurso nacional. Se le abren nuevos frentes, sí, pero el gallego se moverá más cómodo (también CiU o el PNV), apartando el foco de su política económica y social. Ya lo ha hecho en Galiza. Allí ha entrado en un pulso con Beiras que ha desactivado al PSOE, pero también a Mario Conde, para disgusto de Intereconomía. El ‘Berlusconi español’, fuera del Parlamento, debiera ver cortada su incipiente carrera política. Desde Rajoy, por su parte, el mensaje es doble y va dirigido también a los críticos de su partido: ‘Fuera del PP hace mucho frío’ y ‘Con un PSOE hundido y la desorientación de IU, ¿quién si no somos nosotros va a ganar elecciones?’

Este debate territorial será una ‘patata caliente’ en el terreno de la izquierda estatal: ¿Seguirán escudándose en un discurso federalista que ni convence en Galiza, Euskadi y Catalunya ni lo hace en Andalucía o Madrid? ¿Conectarán con ‘los sentimientos’ y no sólo con ‘la razón’, construyendo identidades populares como las izquierdas gallegas y vascas? La encrucijada también alcanzará a la izquierda social y al 15-M/25-S, que corren el riesgo de quedar subsumidos en un debate nacional marcado por el PP y UPyD.

El sorpasso de la izquierda

En Euskadi, EH Bildu (21 diputados y un 25% de los votos) logra unos resultados históricos y supera claramente al Partido Socialista de Euskadi (PSE-EE) (16 diputados y un 19,13% de los votos). Explica Oskar Matute (EH Bildu) que la unidad de la izquierda que defienden se ha convertido en un valor en sí mismo, que tiene traslación electoral. Se han llevado por delante a Ezker Anitza-IU y Ezker Batua –que pagan todavía su antiguo paso por el gobierno- y a Equo (que con un 2,76% se queda a 800 votos del escaño en Araba). Desafortunadamente para los abertzales, una parte del voto del PP y del PSOE se ha trasladado al PNV para evitar la victoria de Bildu, lo que además se traduce en una mayoría de derechas en el Parlamento. El parlamento también será el más nacionalista desde 1986, con 48 diputados, lo que abrirá una crisis territorial con el gobierno de Madrid. Porque esta es la realidad que escondía la ilegalización de la izquierda abertzale: el bloque ‘constitucionalista’ es minoría en Euskadi. Sin ella y sin ETA, se producirá un crecimiento de Bildu similar al del Sinn Fein en Irlanda tras el fin del IRA, donde crece en votos elección tras elección.

En Galiza, la irrupción de Xosé Manuel Beiras, el histórico líder del BNG que ya logró el sorpasso al PSOE en 1997, ha roto la baraja electoral. El catedrático de Economía, de 76 años, conectó con el 15-M y aplicó un modelo asambleario a su “Novo Proxecto Común”. Posteriormente se convertiría en una coalición de partidos (ANOVA, EU-IU, EQUO y Espazo Ecosocialista), bajo el nombre Alternativa Galega de Esquerdas (AGE). Citando a Castelao, Beiras clamaba por un frente popular de todas las izquierdas en esta situación de excepcionalidad política. ¿El resultado? Ha irrumpido con 9 diputados (14% de los votos) en el Parlamento, a costa de la izquierda institucionalizada del PSOE y del BNG. Con una campaña excepcional en las redes sociales, ha reactivado a desencantados y jóvenes condenados a la abstención. En todo caso, sus votos, unidos a los obtenidos por el Bloque Nacionalista Galego, suman un 24,15% de los votos frente al 20,53% logrado por el PSOE. Su hegemonía en común se extiende a las 7 principales ciudades gallegas, con la excepción de Ourense. En Pontevedra suman un 29,01% (19,1% del PSOE), en Vigo un 28,24% (23,26% del PSOE), en A Coruña un 28% (19,24% del PSOE), y en Santiago un 29,97% (15,92% el PSOE). O Principinho, no obstante, tendrá que enfrentarse a numerosos interrogantes: ¿La esperanza depositada en él será un ‘bluff’ o utilizará su legitimidad para comenzar un proceso más amplio hacia abajo? Y ante un posible cambio en la ley electoral desde el PP gallego para reducir el número de diputados, ¿aumentará la cohesión con el BNG o le podrá el rencor hacia su ex partido?

Hay motivos para el optimismo

La izquierda ha conseguido recuperar los niveles de voto del comienzo de la Transición y de la crisis política y económica de mediados de los 90. Entonces su ciclo lo cerró bruscamente un período de expansión económica que catapultaría al PSOE, primero, y al PP, después, a gobiernos y ayuntamientos. Ahora, la crisis y la descomposición del régimen, lejos de cerrarse, parecen sólo estar comenzando. Por ello, hay espacio político para una Syriza en el Estado. Pero ese crecimiento de la izquierda no vendrá por sí solo: Izquierda Unida (y otros partidos de la izquierda) deberían de resistirse a la tentación de análisis triunfalistas: Ellos no ocupan necesariamente el espacio de AGE o Bildu en sus territorios. Diego Valderas (vicepresidente de Andalucía y líder de IU) no se parece a Beiras, sino a Francisco Jorquera (el candidato del BNG que siempre trabajó para su partido). Frente a la estabilidad de Bildu, las coaliciones de IU en País Valencià, Baleares o Asturies saltaron por los aires. Las CUP catalanas recogen más la indignación que ICV o Esquerra. Pocos de los candidatos de estas izquierdas pueden presumir de una ética intachable o de un perfil profesional como el de Beiras o Mintegi (¿cuáles serían los resultados de una candidatura en Andalucía encabezada por Sánchez-Gordillo?). La pregunta entonces parece clara: ¿se puede abrir este espacio en el Estado? Tal vez, pero la contundencia en el discurso, la ética y no profesionalización de los candidatos, la conexión con el caldo de cultivo post15-M o la coherencia y credibilidad para disputar el poder al PSOE y al PP tendrán que volver al primer plano.

Visto en PeriódicoDiagonal


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