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Salvador Allende

Primavera Árabe: vestigios de inducción estratégica
Francisco Veiga y Carlos González Villa

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Primavera Árabe: vestigios de inducción estratégica

La web de estudios y análisis Eurasian Hub ha dedicado una serie de cuatro artículos a poner de relieve que realmente existen indicios ciertos de inducción estratégica en el desencadenamiento de la "Primavera Árabe" La 'inducción estratégica' podría ser definida como aquella acción o conjunto de acciones por los cuales un gobierno pretende instigar a otro u otros gobiernos o países extranjeros, a fin de servir a sus conveniencias estratégicas en un momento dado. Pero va más allá de las acciones encubiertas de desestabilización e influencia, operativos BIAC o PSYOP, "propaganda negra" o intoxicación informativa, generalmente de corto recorrido. En realidad, la inducción estratégica puede formar parte de la política de un equipo de gobierno, es consustancial a la acción de los lobbies y think tanks, y en general, se entiende que moviliza a un complejo entramado de medios e instituciones, a fin de lograr los objetivos propuestos.


Francisco Veiga (UAB) y Carlos González Villa (Complutense) - 07/11/11

Serie de artículos resumida por Crates para el Grupo Antimilitarista Tortuga

La inducción estratégica es habitual desde la noche de los tiempos, por lo que se podrían destacar decenas de ejemplos. Muchas políticas de inducción estratégica suelen quedar en la penumbra, dados los escasos beneficios que se obtienen de su publicitación. Tanto si los resultados son los esperados como si la inducción concluye en un fracaso, ni los autores ni los objetos de la misma tienen interés en explicar lo sucedido, por razones comprensibles. Una vez publicados los indicios de lo sucedido, es normal que periodistas, políticos e historiadores tiren del hilo para sacar a la luz todos los detalles.

Aún así, hubo numerosas excepciones a esa tendencia. Las políticas de inducción estratégica llevadas a cabo por los soviéticos, solían presentarse domésticamente como incitaciones a la revolución, y por ello como algo muy progresista y positivo. Desde el final de la Guerra Fría, los Estados Unidos han tendido a desvelar sus políticas de inducción estratégica con total liberalidad, presentándolas bajo un prisma idealista altamente positivo. Es evidente que se sienten fuertes y confiados, como vencedores absolutos de la Guerra Fría, y eso es ya una explicación de tal conducta. Pero es que, además, los objetivos de muchas sus políticas de inducción estratégica, deben ser forzosamente públicas y transparentes, a fin de poner de relieve la presunta superioridad moral de sus motivaciones y objetivos. Desde ese punto de vista, se ha hecho un gran esfuerzo para diferenciar entre políticas de inducción estratégica al nuevo uso, y operativos de inteligencia al viejo estilo, aunque es evidente que aquellas se derivan de éstas. Cuanto menos, las tácticas puntuales son, en muchas ocasiones, una combinación de métodos de protesta contraculturales de los años 60 y operativos de agitación clásica propios de la inteligencia de todos los tiempos, lo que incluye compra de voluntades, presiones políticas o diplomaticas de alto nivel, sobornos e incluso intimidación.

¿Se trata, al fin y al cabo, de conspiraciones clásicas, más o menos aderezadas con ingredientes de aroma progresista? De nuevo, es más que todo eso. Afirmar, sin más, que las políticas de inducción estratégica son meras conspiraciones, vendría a suponer que el márketing comercial también lo es. Porque, de hecho, las políticas de inducción estratégica muchas veces son presentadas como la introducción y promoción de un producto en el mercado político. Y eso es válido tanto para la ciudadanía del país objetivo, como para los observadores externos del proceso, aliados, adversarios o neutrales, que son obligados, a su vez, a colaborar con la campaña de inducción estratégica, sea de forma directa o indirecta.

De ahí que tengan tanta importancia en el desarrollo de tales políticas la colaboración de los medios de comunicación (voluntaria o inconsciente), potentes difusores de consignas convertidas en información, con el apoyo de una amplia bastería de argumentaciones falaces destinada a desconcertar y ganarse la aquiescencia del gran público, dentro y fuera de casa. Ese discurso está muy bien adaptado al lenguaje fragmentado de los medios de comunicación de masas y redes sociales, y cubre la inexistencia de cuerpos ideológicos razonados y articulados sistemáticamente.

En la introducción a su libro: Egipto: las claves de una revolución inevitable (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2011), el periodista Alaa Al Aswany busca demostrar que la contestación contra el régimen no surgió de la nada, y que existían causas sociales objetivas para lo que sucedió a partir del 25 de enero de 2011. Nadie puede negar eso; pero tampoco que el gran éxito de la revuelta egipcia se debió a dos detonantes muy concretos: a) El precedente exitoso de Túnez, que generó un efecto emulación en Egipto, cosa que no menciona Al Aswany; b) La labor de los internautas, que sí específica, concediéndoles el mérito que tuvieron.

Pues bien, en la organización y formación de una parte importante de esos “movilizadores” jugó un papel destacado (por no decir trascendental) la red de instructores y coordinadores orquestada desde los Estados Unidos y heredada del tinglado que se piso en pie para generar las “revoluciones de colores” entre 2003 y 2005. Es evidente que los admiradores de Gene Sharp, o aquellos que tratan de convertirlo en una especie Gandhi 2.0, o Clausewitz de la Guerra No Violenta, insisten en que él es el genuino “hacedor de revoluciones”, merecedor del Premio Nobel. Pero no es necesario escarbar mucho para constatar que las modernas políticas de inducción estratégica no son obra de un solo hombre; y no pueden serlo, porque son el resultado de esfuerzos colectivos, firmados por un complejo entramado de instituciones, think tanks, analistas, lobbies, ONGs, y hasta partidos políticos y todopoderosos senadores, allá en Washington. Todo ese tinglado, no lo olvidemos, arranca de una iniciativa política concreta que tiene ya más de treinta años de experiencia: el National Endowment for Democracy (NED) lanzado por Ronald Reagan en 1983 “to promote US-friendly democracy”. NED, Freedom House, Albert Einstein Foundation, Open Society, y no digamos el Instituto Nacional Demócrata, el Instituto Internacional Republicano o la mismísima USAID, no se ponen a promocionar la libertad y la democracia en un país determinado, ayudando a crear grupos de oposición o formado y coordinando a activistas en la red sin la luz verde del Departamento de Estado.

¿Quiere esto decir que las revueltas de Túnez y Egipto fueron una mera puesta en escena, una enorme conspiración que utilizó a miles de figurantes? En modo alguno: en Túnez, en Egipto, y también en Libia, existían desde hace tiempo causas de malestar social capaces de sacar a mucha gente a las calles (no necesariamente a toda la ciudadanía o al “pueblo”) , mantenerla allí presionando y conseguir un impacto apreciable en las estructuras de poder. Pero nada de eso está reñido con las políticas de inducción estratégica, ni ahora ni en el pasado. Hay unas causas, legítimas. Pero también hay unos tiempos, unos momentos apropiados. Y eso es lo importante en las políticas de inducción: el cuándo.

Es significativo que las revueltas se concatenaran mecánicamente en el Norte de África republicano: hasta que no se obtenían resultados en las unas, no comenzaban las otras, y eso en un corto periodo de tiempo. Recordemos el ajustado timing: Túnez, 17 de diciembre de 2011-14 de enero de 2011 (caída de Ben Ali) ; Egipto: 25 de enero -11 de febrero (caída de Mubarak); Libia: a partir del 17 de febrero. Recordemos también cómo desaparecieron prontamente de los medios de comunicación occidentales las que descarrilaron o fueron a parar a vía muerta: Yemen y, muy especialmente, la tragedia sangrienta de Bahrein.

En ese contexto, ningunear o negar el protagonismo de las políticas de inducción estratégicas, sobre todo en el Magreb-Mashrek, sólo contribuye a devaluar, a medio y largo plazo, las causas autóctonas de los levantamientos. Ocurre como en las “revoluciones de colores” de 2003-2005, hoy juguetes rotos de la era Bush: por entonces, casi nadie osaba comentar que andaba por allí la mano de de la inducción estratégica estadounidense. Hubo que esperar no pocos años, para que, tras el fiasco militar de Saakashvili, la huida de Bakiyev, el hundimiento político de Yushenko y el encarcelamiento de Yulia Timoshenko, por abuso de poder, las pomposas “revoluciones de colores”, con el número de los manifestantes en las calles y el entusiasmo de los jóvenes implicados en ellas, quedaron condenadas a pena de incómodo recuerdo.

Resulta incoherente exaltar el protagonismo de las redes sociales en el desencadenamiento de la “Primavera Árabe”, hasta extremos fantasiosos, y a continuación, ningunear las inversiones de millones de dólares, anunciadas públicamente por Hillary Clinton ya a mediados de febrero (en vísperas de las revueltas en Libia) a fin de ayudar a “activistas digitales” a sortear la censura de los regímenes dictatoriales, advirtiendo, de paso, que los gobiernos se arriesgan a rebeliones si ponen restricciones en una red cuyas principales herramientas han sido diseñadas en los Estados Unidos. Pues bien, tan sólo un mes más tarde, el mundo se enteraba, a través de “The Guardian”, de que el Pentágono estaba creando un software para manipular cuentas falsas de usuarios en redes sociales, a fin de crear perfiles ficticios con los cuales “luchar contra ideología extremista y propaganda antiestadounidense”.

Hay demasiado dinero invertido ahí, son muchos esfuerzos, es mucho tiempo el que se ha invertido en las políticas de inducción estratégico a lo largo de los últimos treinta años. Fueron eficaces en la resonante victoria de los Estados Unidos en la Guerra Fría, derrotando a la Unión Soviética sin disparar un solo tiro, en medio de sonados bluffs, como lo fue, de principio a fin, la “Guerra de las Galaxias”, que engañó a Gorbachev. Las políticas de inducción estratégica funcionaron igualmente bien durante las enrevesadas crisis balcánicos de los noventa. Luego, sirvieron fielmente a los designios agresivos de George W. Bush, desde las invasiones de Afganistán e Irak hasta las “revoluciones de colores”. Y ahora, según todos los indicios, trabajan a pleno rendimiento en el área MENA (Oriente Medio y Norte de África).

Vamos a explicar qué intereses pueden haber movido a Washington a propiciar los sucesos en el Magreb y Machrek que empezaron en enero de 2011. Dado que el asunto posee ramificaciones variadas, optamos por una presentación sintética, que en el futuro podría ser completada por otra pequeña serie de post sobre este asunto.

a) Se había manejado la opción explicativa de que los Estados Unidos en realidad sólo han intentado ”encabalgar” a posteriori el proceso de las primeras revueltas, en Túnez y Egipto. De esa forma, los ejemplos de inducción estratégica que hemos señalado en post anteriores, serían inventos a posteriori, para dar a entender que los americanos habrían apoyado las revueltas desde el principio, cuando de hecho, le sabría pillado desprevenidos. Una línea argumental retorcida, de matices conspirativos y que queda totalmente desmontada por el material que cualquiera puede encontrar en la red, anterior a enero de 2011, e incluso a ese años. Por lo tanto, lo que sucedió en Túnez y Egipto puede que hubiera sido una sorpresa en Madrid –cosa que también dudamos-, pero no en Washington.

b) Por lo tanto, y como mínimo, los americanos no estaban, a priori, en contra de las protestas que se produjeron y que llevaron a la caída de los presidentes Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto. En realidad, Washington no tardó en dejar claro de qué lado estaba: ya a mediados de febrero, el presidente Obama declaró que al apoyar a las revueltas en Egipto, Estados Unidos habían estado en “el lado correcto de la historia”, expresión que, expresada en relación a la reciente “Primavera Árabe”, volvería ser utilizada en diversas ocasiones por policy makers americanos. También por entonces, Hillary Clinton comparó los cambios en Túnez y Egipto con las revoluciones de 1989, que habían echado abajo al comunismo en Europa del Este. Recientemente, el senador MacCain no dudó en enlazar directamente las revueltas de la “Primavera Árabe” con las “revoluciones de colores”.

c) En un intento por remarcar la espontaneidad de las revueltas, hay quien critica la “lentitud” de la administración Obama en ponerse francamente del lado de los contestatarios egipcios. Son discusiones bizantinas. Hubiera sido muy irresponsable por parte americana hacer eso desde el mismo 25 de enero; pero pasó muy poco tiempo hasta que las revueltas cobraron consistencia y se pudo disimular que Mubarak había sido vendido desde el principio. Paralelamente, se iban dejando claras las reglas del juego: sólo las repúblicas árabes se verían realmente afectadas en mayor o menor medida por las revueltas de la primavera. No así las monarquías, y mucho menos las del Golfo. El 26 de febrero, el rey Juan Carlos asistió en Kuwait al quincuagésimo aniversario de la independencia del país. Paralelamente, las revuelta iba siendo aplastadas en Bahrein. Con posterioridad, Washington, Londres y Paris recibirían el firme apoyo de las monarquías de Qatar y Jordania en la campaña de Libia.

Por lo tanto, si los Estados Unidos desarrollaron una política de inducción estratégica en los países del MENA, ¿qué objetivos de fondo perseguían?

1) Obama no hizo sino continuar con el rediseño de las zonas críticas que pretendió aplicar su predecesor George W. Bush en Oriente Medio y las repúblicas de la ex URSS. En el primer ámbito, por medio de la invasión de Irak (2003) y la “revolución del cedro” en Líbano (2005); en el segundo, a través de las “revoluciones de colores” entre 2003 y 2005. En el año 2009, a muy poco de llegar al poder, Obama viaja a Estambul (abril) y El Cairo (junio), capitales que van a tener un destacado protagonismo en el “Primavera Árabe”. Sobre todo en la capital egipcia, el presidente americano da un discurso más que elocuente: declara que los EEUU no están en guerra con el islam; y añade, de forma más que inusual: “La situación de los palestinos es intolerable. Sufren las humillaciones diarias que acompañan a la ocupación. Nunca daremos la espalda a su derecho legítimo a vivir con dignidad y un estado propio”.

2) En efecto, algo está cambiando en las relaciones con Israel. El nuevo plan de paz fracasa definitivamente en el otoño de 2010 por las triquiñuelas habituales de Bibi Netanyahu, y Washington decide que no puede seguir atendiendo eternamente a un juego que se prolonga sin solución de continuidad desde el final de la Guerra Fría, es decir, prácticamente a lo largo de veinte años. Pura y simplemente, el coste político es demasiado elevado para los americanos y los beneficios que le supone tener a Israel como aliado en la zona ya no son lo que eran. De hecho, la posibilidad de que ese país lance un ataque unilateral contra Irán supondría una catástrofe estratégica y sobre todo económica, que nadie puede asumir. En consecuencia, impulsando la “Primavera Árabe”, Washington va a actuar indirectamente, remodelando todo el conjunto de Oriente Medio, lo que incluye el conflicto entre Israel y los palestinos. Es una forma de desmarcarse del Estado judío sin hacerlo frontalmente. De hecho, la situación le permite a Obama apoyar de puertas afuera a Tel Aviv cuando la situación lo requiera. Por otra parte, pase lo que pase en Oriente Medio, Israel no está realmente en peligro; y menos si Siria queda paralizada por la insurgencia intestina durante meses. También vale la pena considerar que en medio de las tensiones turco-israelíes del otoño de 2011, los americanos siguen vendiendo material militar a los turcos, y cuentan con ellos para acoger el escudo antimisiles.

3) Paralelamente, Washington continúa con su política de erradicar aquellos regímenes que en su día fueron aliados de los soviéticos o pueden ser definidos como “post-socialistas”: la Yugoslavia post-titoísta, la Venezuela de Chávez (golpe fracasado de 2002), el Irak de Saddam Hussein, las repúblicas ex soviéticas de Georgia, Ucrania, Kirguistán (más otros intentos fallidos, como Bielorrusia), la Libia de Gadafi o la Siria de Bashar al Assad. En principio, Irán es la estación final de ese recorrido, aunque la opción del ataque directo está descartada, los ciberataques no han funcionado y las políticas de inducción estratégica no parecen ser eficaces tampoco. En consecuencia, no es de extrañar que se abra paso la hipótesis de un pacto de no agresión entre los Estados Unidos e Irán, que no dejaría de tener importantes ventajas para ambos. Si eso funcionara, al menos durante unos años Washington podría dar por concluida la primera fase del Nuevo Orden Mundial.

4) Pero para entonces, le deberá quedar claro a las monarquías de la península arábiga que su seguridad y estabilidad interna depende, más que nunca, de los Estados Unidos, y que no deberán cuestionar la alianza con Irán. Por otra parte, éste colaborará en anular el régimen de Bashar al Assad, en Siria, con lo que impedirá que triunfe allí la política de inducción estratégica que Riyad ha contribuido a organizar.

5) No debe dejarse de lado que otro de los objetivos de las políticas de inducción estratégica de los Estados Unidos van encaminado a la neutralización de la izquierda europea. Ésta, desde 1991 ha debido aplaudir e identificarse reiteradamente con “revoluciones” más relacionadas con el triunfo de nacionalismos o clases medias neoliberales que con causas de naturaleza realmente izquierdista. Eso ha generado mucha confusión y división, aparte de desmoralización. Todo ello ha contribuido, y en no escasa medida, a la parálisis o ineficacia movilizadora de la izquierda ante el desmantelamiento del estado el bienestar en Europa.

En conjunto, la “Primavera Árabe” es un fenómeno aún en curso, que se ha complicado mucho desde su arranque en enero de 2011, pero que todavía se interpreta sobre unos presupuestos marcadamente políticos. Eso incluye poner en primer plano el “arranque” del proceso en Túnez y Egipto, fenómenos supuestamente concluidos –un planteamiento entusiasta, más que realista- interpretando todo lo sucedido a continuación por ese orden. En realidad, no hay razones para afirmar que las cosas deban verse así: bien pudiera ocurrir que el plato fuerte de la “Primavera Árabe”, haya sido lo sucedido en Libia, que algunos ya han tildado como “verdadera revolución” por lo que ha supuesto de erradicación completa del antiguo régimen, a diferencia de la situación en Túnez y Egipto. Si eso fuera así, las revueltas en esos países podrían haber funcionado como “teloneros” de un concierto cuyas actuaciones principales se sitúan en Libia y Siria. Donde, por cierto, también se detectaron rastros de inducción estratégica con anterioridad a 2011, y la implicación directa de algunas grandes potencias occidentales no deja lugar a duda.

Francisco Veiga (UAB) y Carlos González Villa (Universidad Complutense)

1) Un reportaje con datos y nombres concretos sobre las políticas de inducción estratégica y sus protagonistas en el área MENA.

2) Un extenso reportaje, con todo tipo de detalles y entrevistas, realizado por Journeyman.tv y subido a la red en junio de 2011: The Revolution Bussines. Inserción desactivada: http://youtu.be/lpXbA6yZY-8

3) Gene Sharp: presentado desde hace pocos años como el padre de las modernas tácticas de inducción estratégica. Trailer de un documental hagiográfico sobre su figura como “organizador de revoluciones”

4) “The Great Deception” es un interesante clip de argumento marcadamente conspirativo, editado por AnarchitexT, que se define como: ”an Egyptian political research group, dedicated to questioning the current events occurring rapidly in the global political scene, and uncovering the truth about events taking place in today’s modern world”. En la dirección señalada podrás encontrar todos sus clips e infografías, así como en su canal de You Tube

Visto en Grupo AntiMilitarista Tortuga


Os recomendamos el documental Estados Unidos: La conquista del Este

En este documental podemos ver las implicaciones de fundaciones e institutos aparentemente independientes que se encargaron de las llamadas "revoluciones de colores". Concretamente podemos ver a FreedomHouse* como financia a grupos de jóvenes estudiantes para arremeter contra sus gobiernos y sus conexiones con la extrema derecha norteamericana. Ya véis, "activistas" con apoyo del imperialismo.
Importante es ver cómo además son sumamente cutres usando el mismo logo para las revoluciones naranjas que para grupos de jóvenes en Egipto. Despues de lo del PhotoShop que hacían en la CIA con la foto de Llamazares te puedes esperar cualquier cosa menos lo que aparecen en las películas de acción financiadas por el imperio del dolar.

*Esta fundación emparentada con los lobbies republicanos más extremistas anualmente elabora un mapa para decirnos a los pobres mortales qué país del mundo es democrático y cuál no, quién es "parcialmente libre" o no; se efectua un baremo y con él se castiga o se premia a la colonia en cuestión. Por ejemplo, Grecia al someterse a los dictados de los mercados su estatus según estos agentes del imperio es "FREE", en cambio, Nepal con su flamante constitución comunista de corte maoista sólo le llega la nota a un triste "PARTLY FREE". Lo peor de todo es que se toma como referencia en algún que otro manual de Ciencia Política.


En este video de dos minutos donde el General de los EE.UU. Wesley Clark le explica a Amy Goodman los planes del Pentágono que se pusieron en marcha justo despues de los atentados del 11S:

General Condecorado habla del pentagono from Georgina Miller Carrasco on Vimeo.



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