Psicosis americana

Comparte

¿Qué le sucede a una sociedad que no puede distinguir entre realidad e ilusión?

JULIO 2010Escuchar

Chris Hedges
AdBusters / Sott.net
© Imagen de la izquierda por Tom Mihalek/AFP, derecha por Loe Russell
Traducción por el Averiguador
17/06/2010

EEUU, encerrado en un tipo de crepúsculo desconectado que amarra imperios agonizantes, es un país absorbido por las ilusiones. Destina su energía emocional e intelectual a lo trivial y lo absurdo. Es cautivado por la vacía técnica escénica de la cultura de las celebridades mientras las paredes caen. Esta cultura de la celebridad vertiginosamente permite un oscuro voyeurismo de la humillación, del dolor, de la debilidad y de la traición a otras personas. Día tras día, una vívida saga tras otra, sea Michael Jackson, Britney Spears o John Edwards, cautiva al país... a pesar de los colapsos bancarios, las guerras, el aumento de la pobreza o la criminalidad de su clase financiera.

Las virtudes que sostienen a un estado-nación y construyen una comunidad, la honestidad al auto-sacrificio, a la transparencia del compartir, son ridiculizadas todas las noches en TV mientras que patanes lo suficientemente estúpidos para aferrarse a este anticuado comportamiento son votados en Reality Shows. Compañeros que compiten por premios en dinero y una oportunidad de fama transitoria, festejada por millones de televidentes, elegidos para hacer “desaparecer” lo indeseado. En los créditos finales del reality show America's Next Top Model, una imagen de la mujer expulsada del episodio se esfuma del portarretrato grupal en la pantalla. Aquellos dejados de lado se transforman, al menos para la audiencia de la TV, en no-personas. Celebridades que ya no pueden generar publicidad, buena o mala, desaparecen. La vida, según enseñan constantemente estos espectáculos, es un mundo brutal de pura competición y una constante búsqueda por la notoriedad y la atención.

Nuestra cultura de flagrante auto-exaltación, instalada en el carácter norteamericano, permite la humillación de todos aquellos que se oponen a nosotros. Nosotros creemos, después de todo, que debido a que tenemos la capacidad de crear guerras tenemos el derecho de hacer la guerra. Los que pierden merecen ser eliminados. Aquellos que fallan, los que son considerados feos, ignorantes o pobres, deben ser denigrados y ridiculizados. Los seres humanos son utilizados y descartados como cajas de Styrofoam (N. del T.: espuma de polietileno) para comida chatarra. Y cantidades de superfluos seres humanos llenan las oficinas de desempleo, las prisiones y los comedores de beneficencia.

Es el culto a si mismo lo que está matando a EEUU. Este culto posee dentro de si las clásicas conductas de los psicópatas: encanto superficial, grandiosidad y auto-importancia; una necesidad de constante estimulación; tendencia a mentir, engaño y manipulación; y la incapacidad del remordimiento y la culpa. Michael Jackson, desde sus falsos matrimonios a los retratos de si mismo vestido como perteneciente a la realeza, a su insaciable hambre de juguetes nuevos, a sus cuestionables relaciones con jóvenes muchachos, tenía todas estas cualidades. Y esta es también la ética promovida por las corporaciones. Es la ética del libre capitalismo. Es la equivocada creencia que el estilo y el crecimiento personal, confundidos con individualismo, es lo mismo que la equidad democrática. Es la celebración nacional de la imagen por sobre la sustancia, de la ilusión por sobre la verdad. Y es el porqué los banqueros de inversiones quedan confundidos cuando se los cuestiona sobre la moralidad de los miles de millones en ganancias que obtienen vendiendo acuerdos fraudulentos a los inversionistas.

En el culto a uno mismo tenemos derecho a obtener lo que queramos. Podemos hacer cualquier cosa, incluso golpear y destruir a quienes nos rodean, incluyendo a nuestros amigos, para hacer dinero, para ser felices y ser famosos. Una vez lograda la riqueza y la fama, se transforman en su propia justificación, en su propia moralidad. De qué manera uno llega allí es irrelevante. Es esta ética pervertida que nos dio entidades de inversión como Goldman Sachs... que deliberadamente arruinaron la economía global y se robaron el dinero de cientos de millones de pequeños accionistas que habían comprado acciones de estas corporaciones para sus jubilaciones o sus estudios. Los directores de estas corporaciones, al igual que los ganadores de un Reality Show televisivo que mintieron y manipularon a otros para triunfar, huyeron con cientos de millones de dólares en bonos y compensaciones. La ética de Wall Street es la ética de las celebridades. Está fundida en un extraño y pervertido sistema de creencia y ha borrado la posibilidad que el país regrese a un mundo basado en la realidad o evitar un colapso interno. Una sociedad que no puede distinguir la realidad de la ilusión, muere.

Sin embargo, las tentadoras ilusiones ofrecidas por nuestra cultura consumidora están desapareciendo para la mayoría de los ciudadanos a medida que nos acercamos al colapso. La habilidad del estado corporativo para pacificar al país extendiendo el crédito y proveyendo bienes manufacturados de bajo costo a las masas se ha ido. Los trabajos que se están perdiendo no volverán, según reconoce tácitamente el economista de la Casa Blanca, Lawrence Summers cuando habla de una “recuperación sin empleo”. La creencia que la democracia reside en la elección de marcas competidoras y la acumulación de grandes sumas de riqueza personal a expensas de los demás está siendo expuesta como un fraude. La libertad ya no puede equipararse con el libre mercado. Las penurias de los pobres rápidamente se están convirtiendo en las penurias de la clase media, especialmente cuando se acaban los seguros de desempleo. Y la lucha de clases, una vez enterrada bajo la feliz ilusión que todos íbamos a ingresar en una era de prosperidad con el libre capitalismo, está regresando con una venganza.

Norteamérica se está hundiendo bajo trillones en deudas que nunca podrá pagar y se mantiene a flota gracias a la frenética venta de $2 mil millones en bonos del tesoro por día a los chinos. Vio a 2.8 millones de personas perder sus hogares en el 2009 por hipotecas o reposesiones bancarias – casi 8,000 personas por día – y se mantienen desocupadas mientras se unen a otras 2.4 millones de personas este año. Rechaza acusar a la administración de Bush por obvios crímenes de guerra, incluyendo el uso de la tortura, y no ve razón alguna para desmantelar las leyes de secreto de Bush o restaurar el habeas corpus. Su infraestructura se está desmoronando. Los déficits están enviando a los estados a la bancarrota y obligando al cierre de todo, desde escuelas a parques. Las guerras en Irak y Afganistán, que han dilapidado trillones de dólares, parecen interminables. Hay 50 millones de norteamericanos en la verdadera pobreza y cientos de millones en una categoría llamada “cerca de la pobreza”. Uno de ocho norteamericanos – y uno de cuatro niños – dependen de bonos alimentarios para comer. Y aún así, en medio de todo, seguimos siendo un país consumido por charlas y pensamientos felices. Continuamos abrazando la ilusión del inevitable progreso, del éxito personal y de la creciente prosperidad. La realidad no es considerada un impedimento para el deseo.

Cuando una cultura vive en una ilusión esta perpetúa un estado de permanente infantilismo o inmadurez. A medida que la brecha entre ilusión y realidad se agranda, cuando repentinamente comprendemos que es nuestra casa la que perdemos o nuestro trabajo el que no regresará, reaccionamos como niños. Gritamos y pataleamos en busca de un salvador, alguien que nos prometa venganza, renovación moral y nueva gloria. No es una historia nueva. Una rabiosa y sostenida repercusión por parte de una población traicionada y furiosa, que no está preparada intelectualmente, emocionalmente ni psicológicamente para el colapso, apartará hacia un costado a los demócratas y a la mayoría de los republicanos y conducirá a EEUU hacia una nueva edad oscura. Fue el colapso económico en Yugoslavia lo que nos dio a Slobodan Milosevic. Fue la República de Weimar la que vomitó a Adolf Hitler. Y fue el colapso en la Rusia de los zares que abrió la puerta a Lenin y a los Bolcheviques. Un conjunto de inadaptados proto-fascistas, desde demagogos cristianos a chillones conductores televisivos, que inocentemente descartamos como bufones, encontrarán su camino con promesas de venganza y renovación moral. Y al igual que en todas las sociedades totalitarias, aquellos que no rinden tributo a las ilusiones impuestas por el estado se transformarán en excluidos, en los perseguidos.

El declive del imperio norteamericano comenzó mucho antes que la crisis económica presente o de las guerras en Afganistán e Irak. Comenzó antes de la primera Guerra del Golfo y antes de Ronald Reagan. Comenzó cuando cambiamos, en palabras del historiador de Harvard, Charles Maier, desde un “imperio de producción” a un “imperio del consumo”. Finalizada la Guerra de Vietnam, cuando los costos de la guerra engulleron a la Gran Sociedad de Lyndon Johnson y la producción local de petróleo comenzaron su constante e inexorable declive, vimos a nuestro país transformarse desde uno que principalmente producía a uno que principalmente consumía. Empezamos a pedir prestado para mantener un nivel de consumo así como también un imperio que ya no podíamos sostener. Comenzamos a utilizar la fuerza, especialmente en el Medio Oriente, para saciar nuestra insaciable sed de petróleo barato. Sustituimos el crecimiento y la prosperidad por la ilusión del crecimiento y la prosperidad. Ahora la factura ya está vencida. Los enemigos más peligrosos de Norteamérica no son los radicales islámicos sino aquellos que nos vendieron la pervertida ideología del capitalismo del libre mercado y la globalización. Han dinamitado las bases de nuestra sociedad. En el siglo 17 estos especuladores hubieran sido ahorcados. En la actualidad dirigen al gobierno y consumen miles de millones en subsidios para los contribuyentes.

A medida que aumenta la presión, a medida que la desesperación alcanza a más y más segmentos de la población, los mecanismos del control corporativo y gubernamental serán reforzados para prevenir disturbios e inestabilidad civil. La aparición del estado corporativo siempre significa la aparición del estado de seguridad. Ese es el porqué la Casa Blanca de Bush activó el Acta Patriótica (y su renovación), la suspensión del habeas corpus, la práctica de la “rendición extraordinaria”, escuchas ilegales a los ciudadanos norteamericanos y el rechazo a asegurar elecciones libres y justas con recuentos electorales verificables. El motivo detrás de estas medidas no es luchar contra el terrorismo o reforzar la seguridad nacional. Es para hacerse y mantener el control interno. Se trata de controlarnos.

Y así, incluso de cara a la catástrofe, la cultura masiva continúa asegurándonos que si cerramos nuestros ojos, si visualizamos lo que queremos, si tenemos fe en nosotros mismos, si le decimos a Dios que creemos en milagros, si explotamos nuestra fortaleza interior, si entendemos que somos verdaderamente excepcionales, si nos enfocamos en la felicidad, nuestras vidas serán armoniosas y completas. Este retroceso cultural hacia la ilusión, sea vendida por psicólogos positivos, por Hollywood o por curas cristianos, es pensamiento mágico. Transforma hipotecas sin valor y deudas, en riqueza. Transforma la destrucción de nuestra base manufacturadora en una oportunidad para el crecimiento. Transforma la alienación y la ansiedad en una festiva conformidad. Transforma a una nación que se involucra en guerras ilegales y administra colonias penales en el exterior donde abiertamente practica la tortura en la democracia más grande sobre la Tierra. Y evita que podamos luchar contra ello.

Los movimientos de Resistencia ahora tendrán que vérselas con largas noches de esclavitud, las décadas de opresión en la Unión Soviética y el curso del fascismo para modelos. El objetivo ya no será la posibilidad de reformar el sistema sino de proteger de la contaminación masiva a la verdad, al derecho civil y a la cultura. Requerirá la clase de vida esquizofrénica que caracteriza a todas las sociedades totalitarias. Nuestros comportamientos públicos y privados frecuentemente tendrán que sobresalir en gran contraste. Actos de desafío serán habitualmente sutiles y matizados. Serán llevados a cabo no para obtener una ganancia a corto plazo sino por la declaración de nuestra integridad. La rebelión tendrá un objetivo final no fácilmente definible. Mientras más nos alejemos de la cultura en su totalidad, más lugar tendremos para forjar vidas de significado, más podremos separar la inundación de ilusiones diseminadas por la cultura masiva y más podremos retener la sanidad en un mundo insano. El objetivo será la habilidad de perdurar.

Chris Hedges, ganador del premio Pulitzer periodista del New York Times, es el autor de varios libros incluyendo a los best sellers La guerra es una fuerza que nos da un propósito y El Imperio de la Ilusión: El fin del Alfabetismo y el Triunfo del Espectáculo.

Comentario: Un análisis mayor del declive social actual en los EEUU puede verse en el libro Ponerología Política. También es un manual sobre cómo sobrevivir con tu corazón y tu alma intacta. Cualquier persona con dos neuronas funci0nales que pueda VER lo que está sucediendo necesita leer este libro.

Chris Hedges - Señales de los Tiempos