Crisis y euro

Comparte

A diferencia de la crisis estadunidense de 2008, la europea de 2010 no es solamente financiera, ni se limita a la insolvencia de algunos estados de importancia económica relativa menor dentro de la Unión. Esta sí es una crisis monetaria, de insolvencia del propio euro, una moneda emitida por un banco central metafísico, que no pertenece a un Estado, ni administra la deuda de ningún tesoro central.

JULIO 2010Escuchar

Jose Luis Fiori Cartamaior

A diferencia de la crisis estadunidense de 2008, la europea de 2010 no es solamente financiera, ni se limita a la insolvencia de algunos estados de importancia económica relativa menor dentro de la Unión. Esta sí es una crisis monetaria, de insolvencia del propio euro, una moneda emitida por un banco central metafísico, que no pertenece a un Estado, ni administra la deuda de ningún tesoro central.

El sistema monetario europeo se empezó a construir con el Tratado de Maastricht, en 1992, y culminó con la creación del euro en 2002.

Partió del supuesto de los líderes europeos de que con una nueva moneda global se podía avanzar hacia la creación de un gobierno central capaz de gestionarla. Lo anterior contradice lo que la historia enseña, de que en Europa siempre han sido sus estados los que han emitido monedas soberanas, definiendo y asegurando su valor y su circulación basándose en las capacidades tributarias y de endeudamiento.

Desde este punto de vista, se puede decir que el euro tiene una falla de nacimiento que dura hasta hoy; una especie peculiar de divisa semiprivada e inconclusa, que se acepta sobre la base de la creencia privada y la certidumbre pública de que el Banco Central Europeo (BCE) y Alemania cubrirán toda la deuda emitida por los 16 estados miembros de la eurozona. Así ocurrió hasta 2008, lo que permitió que todos los países de economías pequeñas establecieran tipos de interés casi iguales a los de Alemania, a pesar de su enorme asimetría de riqueza y de poder.

Esta situación cambió después del colapso financiero de 2008, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, estableció el principio de que cada país de la Unión debía hacerse responsable –a partir de ese momento– por sus propios bancos y por la cobertura de su deuda soberana. La consecuencia inmediata de la posición alemana desembocó en la crisis de insolvencia de algunos gobiernos de Europa central, en 2009, salvada mediante la intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI).

A principios de 2010, sin embargo, la denuncia del nuevo gobierno socialista de Grecia, acerca de que su déficit presupuestario del año anterior había sido mayor que el publicado inicialmente, resultó en la mecha que hizo estallar una nueva crisis, agravada por el veto de Alemania –por seis meses– de negar cualquier ayuda de la Unión Europea al gobierno de Atenas. En el momento en que la situación en Grecia amenazó con prolongarse a otros países endeudados y se extendió hasta la propia credibilidad del euro, Alemania se vio forzada a aceptar apresuradamente la intervención del Fondo Europeo de Estabilización Financiera, con capacidad anual para girar hasta 750 mil millones de euros.

Esa es una cantidad suficiente para superar la crisis inmediata, pero incapaz de revertir la desmoralización en el sistema monetario europeo que se creó en 2002 bajo la tutela germana.

Para corregir este defecto de fabricación del euro, Francia planteó la creación de un gobierno económico europeo, que no fue aceptado por Alemania. El gobierno alemán, a su vez, propone –sin el apoyo de Francia– la creación un Fondo Monetario Europeo, para ejercer un control estricto de la disciplina fiscal de la eurozona, con poder para expulsar a estados de mala conducta.

El callejón sin salida se mantiene, pero aún así, en el corto plazo, la posición alemana se impuso en favor de un ajuste fiscal draconiano en todos los países incorporados a la zona del euro.

Como dicho ajuste se aplica en economías estancadas, con altas tasas de desempleo, es como echar gasolina al fuego y supone una profunda y prolongada recesión, al igual que la estadunidense de 1930.

Pero atención, porque en este caso, la recesión y –después de todo– la devaluación del euro, en última instancia beneficiarán a Alemania al ubicarla como la principal economía exportadora del viejo continente, posibilitándole la transferencia hacia las economías más débiles, la carga de la recesión, el desempleo, la pérdida de salarios y de la protección social; los incrementos en la lucha de clases, la xenofobia y el nacionalismo de derecha.

Lo que es peor, es que nada de lo dispuesto resolverá el problema de insolvencia del euro, porque la moneda europea sólo tendrá valor efectivo en el momento en que sea anclada por un poder y un tesoro central capaces de asumir la responsabilidad permanente por su sustentabilidad con base en su capacidad de tributación y endeudamiento. Si eso no acontece, y si los pequeños estados de la Unión no aceptan su condición de provincias fiscales de Alemania, el sistema monetario europeo, y el propio euro, tienen sus días contados. ¿Cuánto tiempo?: tal vez por el que dure el actual armisticio europeo de esta última posguerra, que actualmente se llama Unión Europea.

Alemania es el poder dominante en Europa, pero no quiere hacerse de esa responsabilidad. Cuando usted está en esa posición, debe estar dispuesto a invertir algo. Con el euro, Alemania quiere tener su pastel y comérselo… La cuestión alemana está de regreso y no se debe olvidar”. (J. Pisani-Ferry, Hacia un sistema para garantizar el euro, Financial Times, 22/06/2010)

Traducción para La Jornada: Rubén Montedónico.

Jose Luis Fiori - ATTAC